Comer en Roma a precio módico

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Carmenchu Brusíloff
Santo Domingo
Para el vacacionista a quien el dinero alcanza, pero no le sobra, Roma es una ciudad costosa. Pero hay soluciones. En cuanto al comer, olvidemos los restaurantes. Si se camina por la zona norte del ‘centro stórico’, tenemos a nuestro alcance numerosos cafés y bares en calles muy cercanas a puntos de interés. Amén de la posibilidad de elegir alguna trattoría, tavola o pizzería esparcidas por toda la ciudad. A la hora del almuerzo, mientras con mi hija Carmen camino por las adoquinadas calles de este sector de la capital de Italia, observo cada local con mesas al aire libre. Hay a montones. Pero no quiero sentarme al exterior. El sol campea por sus fueros y me estoy deshidratando. Deambular bajo el sol a muy altas temperaturas y sobre piedras, en modo alguno es asunto agradable.

Tras echar una rápida ojeada, sin fijarme en el nombre entro en uno de la Via di Tormilina. En su interior me entero: es el ‘Cocktail Bar Strepitoso’. ¿Un bar? No es lo que hubiera querido. Y con tal nombre ¿qué podemos esperar? A la hora del mediodía de un día laborable, sin embargo, predomina el relax. No sé cómo será de noche. En el comedor sólo hay una mesa ocupada, la nuestra. Los altavoces proyectan una música que si bien no es ‘quiet music’ tampoco resulta insoportable. En una pantalla presentan la carátula del disco con un dibujo de los intérpretes, el número del track y el nombre de la canción correspondiente. Sin embargo, no atino a identificarlos. ‘¿Qué música es esa y quiénes son los músicos?’, pregunto a Ola, amable camarera de origen polaco que se acerca a atendernos. No lo sabe, pero acude al encargado del bar y obtiene la respuesta: es Funky Jazz, interpretado por Blenol i Abluse. De esto no entiendo nada, pero mi curiosidad queda satisfecha.

Lo primero que ordeno es ¡agua, ‘per favore’! Nos traen una botella de 750 ml. de acqua Levissima naturale (4 euros). Con avidez bebo un vaso. Es lo que necesitaba. Ahora puedo ocuparme de otras cosas. Es decir, de la comida. Carmen se decanta por scalopina pollo e fungí (escalopines de pollo y hongos). Son 12 euros. Yo pido fileto pollo e carciof (filete de pollo con alcachofas). También a 12 euros (12 euros son unos 720 pesos dominicanos).

En el ínterin, echo un vistazo al lugar. En el espacio de la entrada está enmarcada la palabra ‘Love’ (Amor), escrita en letras mayúsculas con idéntica colocación y forma como las del monumento dedicado al amor en Filadelfia, Estados Unidos. En las paredes, varios nichos aislados alojan bustos y pequeñas esculturas que reproducen antiguas obras de arte. Junto a ellos, adornos contemporáneos. Con un techo de madera de vigas al descubierto y un arco en ladrillo, completan la decoración numerosas botellas en repisas colocadas a diversos niveles y pinturas modernistas de tamaño y formato diferente. Colgada en un muro junto a la barra descuella, entre varias fotos, la del papa Juan XXIII agachado y a punto de lanzar una pelota. ¿La foto de un papa aquí? No lo hubiera imaginado.

La comida no es nada del otro mundo, pero estamos en un bar. No se puede pedir más. Sobre los postres, pocas son las opciones. Carmen elige tiramisú (7 euros). Yo, la crostata dil giorno fatta in casa (tarta del día hecha en casa, a 6 euros). La pido rellena de nutella. Si es casera ha de ser buena, me digo. ¡Qué ilusa! Lo que encuentro a alto precio, aunque de muy buena calidad, es la infusión de manzanilla: 5 euros. Sea como fuere, para ser una zona turística de Roma los precios de la comida son asequibles. Para el caso, diría que hasta módicos. Además, ya lo sabía. Roma es una ciudad muy cara.