Próceres, héroes y mártires

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Juan Daniel Balcácer
jdbalcacer@gmail.com
Tres categorías clásicas. Un somero examen en torno de quiénes conforman el panteón de nuestros héroes nacionales permitirá constatar que existen tres categorías históricas según las cuales son distinguidas y valoradas, postreramente, las personalidades extraordinarias de una nación. En tiempos modernos se considera prócer al individuo que, en el plano de la civilidad o del intelecto, logra descollar entre la generalidad de sus coetáneos y, en virtud de su accionar público, realiza aportes trascendentales a beneficio de su comunidad. En ciertas esferas del quehacer humano, para alcanzar la categoría de héroe es preciso estar dotado de virtudes singulares y haber acometido proezas memorables que hayan tenido un impacto determinante en el colectivo al que pertenece el individuo. Se dice que héroe o heroína es quien protagoniza un poema, un relato, que deviene personaje central de una narrativa o lleva a cabo, de manera arriesgada, una acción fuera de lo común defendiendo la soberanía e independencia de su patria, principalmente en la guerra. En cambio, el mártir se eleva a planos de reverencias excepcionales en vista de los sufrimientos que le han sido infligidos por sus adversarios en medio de persecuciones, encarcelamientos y torturas físicas provocadas por diferencias políticas, filosóficas, religiosas y étnicas, entre otras causas. Por lo general, la víctima de tantas iniquidades humanas nunca reniega de sus convicciones y llega hasta el extremo de ofrendar su propia vida en defensa de los principios y valores que ha enarbolado en el curso de su lucha, deviniendo así en mártir de una comunidad o un pueblo. Entre prócer, héroe y mártir existen ciertas similitudes, razón por la cual quienes clasifican en una de esas tres categorías devienen en lo que Emerson denominó “hombres representativos” y, aun cuando no siempre lo logran, pueden pasar a formar parte de la privilegiada nómina de los ocupantes del Panteón Nacional de cada nación.

Las grandes personalidades. Que los individuos excepcionales son quienes en determinadas circunstancias históricas se destacan por encima de la generalidad de sus contemporáneos, no es materia de discusión. Lo que sí debemos tener presente es que, independientemente de sus condiciones también extraordinarias, esas “grandes personalidades”, como las llamó Carlyle, no imponen sus criterios y forma de pensar de manera caprichosa. La teoría que concibe el proceso histórico únicamente en función de la voluntad de personajes determinados soslaya la circunstancia de que a esos individuos privilegiados no les es dable cambiar voluntariamente el rumbo fundamental del desarrollo social; ni, mucho menos, decidir la forma del régimen social y político en el que habrán de actuar. A tales individuos no les es posible evitar el colapso de un modo de producción caduco ni tampoco crear otro nuevo, por el simple hecho de aspirar a que los fenómenos sociales se subordinen a sus voluntades e intereses personales o de clase. Jorge Plejánov observó que “el gran hombre lo es no porque sus particularidades individuales imprimen una fisonomía individual a los grandes acontecimientos históricos, sino porque está dotado de particularidades que le hacen el individuo más capaz de servir a las grandes necesidades sociales de su época, surgidas bajo la influencia de causas generales y particulares.” Carlos Marx, en cambio, fue aun mucho más preciso al consignar que: “Los hombres hacen su propia historia, pero no la hacen a su libre arbitrio, bajo circunstancias elegidas por ellos mismos, sino bajo aquellas circunstancias con que se encuentran directamente, que existen y transmite el pasado”.

Hacia un Panteón Nacional. Conviene repasar brevemente cómo fue conformándose nuestro panteón de la Patria. En la primera mitad del siglo XIX, entre nuestros antepasados hubo preclaras personalidades que realizaron aportes significativos al proceso de definición de lo dominicano y a la vertebración de lo que, andando el tiempo, se constituiría en la nación dominicana. En efecto, un período clave para comprender los cimientos sobre los que se edificó “el ethos” dominicano es el transcurrido entre las postrimerías del siglo XVIII y el año de 1822. Pues bien, de entre los dominicanos que primero se esforzaron por resaltar la importancia de la isla de Santo Domingo para España; luego los que se opusieron a las invasiones haitianas de principio de siglo XIX, después los que lucharon contra la “Era de Francia en Santo Domingo” y, finalmente, los que pudieron fin a la llamada “España Boba”, se destacaron el padre Antonio Sánchez Valverde, Juan Sánchez Ramírez, Andrés López Medrano y José Núñez de Cáceres. De acuerdo con Roberto Cassá, Sánchez Valverde fue el intelectual del criollismo; Sánchez Ramírez, el caudillo de la Reconquista; Núñez de Cáceres, precursor de la independencia dominicana; y López Medrano, un precursor de la democracia. De esas cuatro grandes personalidades, solo los restos de Juan Sánchez Ramírez y de José Núñez de Cáceres yacen en el Panteón de la Patria, el primero como héroe de la Reconquista y, el segundo, en su calidad de prócer de la primera independencia dominicana. Continuaré con el tema…