Argentina retorno y fracaso del neoliberalismo

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Santo Domingo
El triunfo de Mauricio Macri en 2015 en Argentina fue recibido con júbilo por los centros financieros occidentales, donde se detestaba el gobierno saliente de Cristina Kirchner porque en él se habían puesto en efecto medidas que impedían, al capital financiero y a los exportadores, poner en marcha procesos especulativos en el país con las inevitables repercusiones negativas en el mercado de divisas, el tipo de cambio y la inflación.

Tal como deseaba el capital financiero internacional, Macri removió con celeridad todas las salvaguardas en las cuentas externas erigidas por Kirchner y otros gobiernos. Resultado: en solo dos años y medio una rampante especulación financiera ha devastado la economía con tanto vigor que obligó al gobierno a solicitar de urgencia un acuerdo de estabilización al Fondo Monetario Internacional (FMI).

El descalabro de las políticas neoliberales del gobierno de Macri no es lo sorprendente, ellas han fracasado una y otra vez en la Argentina. Lo impresionante ha sido la velocidad con la que han hecho implosión en esta ocasión.

Macri vendió su propuesta como una alternativa de centroderecha “moderna, democrática y posneoliberal” obligada a realizar un “ajuste inevitable”. Aunque para el 2015 la ralentización de la economía mundial había afectado rudamente la economía argentina, los gobiernos anti-neoliberales de Nestor y Cristina Kirchner habían sido tan exitosos que se llegó a llamar a la propuesta de Macri “kirchnerismo responsable” a fin de hacerla atractiva.

Para los argentinos el neoliberalismo y el FMI son dos entes que suscitan espanto, ya que sumieron su economía en la más atroz de sus crisis, al punto de que la moneda nacional dejó de circular en algunas regiones del país y en su lugar corrieron 16 monedas: una cuasi nacional (el Lecop) y 15 cuasi monedas provinciales como el Patacón en Buenos Aires y el Lecor en Córdoba. Tomando prestado un elemento de la campaña de Trump, Macri saturó su discurso con slogans optimistas vacíos como “se viene la revolución de la alegría”, “podemos vivir mejor”, mientras silenciaba sus reales intenciones.

Argentina es un país con tres características estructurales explosivas:
1) Una grave restricción externa: sistemáticamente la demanda de dólares supera la oferta;

2) una muy alta dolarización y

3) un pase rápido de las variaciones de la tasa de cambio al nivel de precios (generando inflación) y repercutiendo, con cierto retardo, en los salarios, los niveles de la demanda y el empleo. Debido a estos factores, entre 2002 y 2005 varias reglas fueron implementadas a fin de proteger a la Argentina de la restricción externa y la volatilidad cambiaria que suele afectarle más fuertemente que a otras economías emergentes. Dichas reglas resguardaron al país de la crisis financiera global del 2008, sin embargo, cuando los precios de las exportaciones cayeron en el segundo período de Cristina Kirchner, causando una merma en la entrada de dólares, el racionamiento del flujo de divisas implícito en este esquema generó un mercado negro de dólares y sectores de la población, en especial la clase media, se disgustaron. Este disgusto con la situación del mercado cambiario fue central para el triunfo electoral de Macri.

LIBERALICEMOS
El gobierno de Macri se inicia en diciembre de 2015 e implementa una ultra liberalización de los flujos financieros. Primero, en diciembre 2015 se eliminó el encaje no remunerado que gravaba el 30% de las inversiones financieras de los extranjeros, reduciendo de 365 a 120 días el plazo mínimo que los fondos invertidos debían permanecer en el país.

Para enero de 2017, el plazo fue eliminado por completo. Segundo, se aumentó a cinco millones de dólares el límite mensual de compra para formación de activos externos (atesoramiento) y su transferencia a cuentas en el exterior (mayo de 2016). Tres meses más tarde se eliminó este tope por completo y se autorizó la compraventa de dólares por Internet durante las 24 horas del día. Tercero, se amplió el plazo para que los exportadores trajeran al país los dólares que cobraban por las exportaciones producidas con el trabajo de los argentinos que cobran en pesos (abril 2016). Primero a 180 días, luego a un año, después a cinco, después a 10 y en diciembre 2017 se eliminó por completo esta reglamentación.

Las medidas anteriores fueron acompañadas, por un lado, de una apertura indiscriminada del comercio, generando una avalancha de bienes de consumo y automóviles que ha desplazado la producción local afectando el empleo y presionando la demanda de dólares; por otro lado, en su primer año completo (2016) el gobierno implementó una primera gran devaluación cercana al 80%, con su esperada repercusión en los niveles de precio.

En respuesta a esta masiva devaluación, a la apertura comercial y a la total liberalización de los flujos financieros, el gobierno de Macri esperaba una lluvia de inversiones externas productivas y contando con ello permitió que el país emprendiera la emisión de deuda externa más grande del globo: cerca de US$120,000 millones en dos años y medio, alrededor de 24% del PBI. Sin embargo, la lluvia de inversión extranjera directa nunca se materializó, en su lugar se desplomó en un 51% en el 2016. Segundo, una parte importante de esa deuda se tomó para financiar un déficit fiscal que el gobierno expandió y que pudo haberse financiado en gran parte con deuda interna en pesos. Por último, la inversión extranjera atraída por la liberalización macrista fue mayormente la de portafolio, la dedicada a especular con instrumentos financieros. Este proceso de especulación financiera está en la raíz de la actual crisis argentina y debemos pasar a analizarlo en nuestra próxima entrega.